28 de marzo de 2010

Un ¿poema? de Andrés Caicedo


Puede ser una tarde con estrellas

La tarde se parece a mí

Soy un hombre melancólico

Soy un poeta.

Cuando tenía 12 años fui a mi primera

fiesta y fue cuando me tocó bailar por

primera vez en mi vida. Me fue muy mal.

No me cogió el paso. Me dijo: no le

cojo el paso y me dejó allí. Y yo fresco.

Pero yo ahora pienso

que si me hubiera cogido el paso ahora yo

sería bailarín y no poeta.

Hay gente que puede ser poeta y bailarín

al mismo tiempo. Pero yo no puedo.

Yo soy un hombre melancólico.

Puede ser la luna a mis espaldas.


Este ¿poema?, escrito o desfogue literario de Andrés Caicedo lo encontré en Mi cuerpo es una celda (Norma, 2008), esa suerte de autobiografía póstuma que ha logrado dirigir y montar el chileno Alberto Fuguet. Y, a decir verdad, he rescatado estas líneas del colombiano como lo mejor del libro, literariamente hablando. Y no lo digo por desmerecer las 298 páginas restantes. Lo que sucede es que la mayor parte de Mi cuerpo es una celda es una suerte de documentación sobre Caicedo y sirve más para un acercamiento exegético, que para un primer contacto con la obra del caleño. Para un lector común que pretende un acercamiento a la obra de este escritor suicida creo que sería contraprudecente empezar con este libro, y también con El cuento de mi vida, pues me parece que ambos exigen del lector un interés y un amor adquirido de antemano; es decir, haber conocido a Caicedo a través de sus cuentos y sus novelas.


Porque si alguien que ha leído Calicalabozo o Que viva la música y no se ha sentido tocado en lo más mínimo no tiene el derecho de leer las cartas ni los trozos de diario de Andrés Caicedo, pues no solo se aburriría sobremanera, sino que no le encontraría el menor sentido a aquellas cartas que abundan en referentes literarios, existenciales, cotidianos, cinematográficos, etc. Es por eso que Mi cuerpo es una celda no es un libro para iniciados. Al menos creo que yo no lo soy, pues este es el tercer libro que leo del colombiano y puedo arrogarme cierto derecho de hablar sobre él. Además, el libro, en sí, es relativamente difícil de conseguir (lo sé porque la chica que tuvo el hermoso detalle de regalármelo, recorrió casi todas las librería de Lima, y hasta ahora no me ha contado de donde lo sacó), lo que lo hace más inaccesible al lector común que nunca se detiene en libros como este. Sin embargo, este hecho es irrelevante, pues, como dije, si alguien quiere acercarse a Andrés Caicedo, pueden empezar por Calicalabozo, Angelitos empantanados o historias para jovencitos, Noche sin fortuna, o intenten con El atravesado, todos ellos disponibles en la colección Verticales de bolsillo de Norma.


Solo después de eso, y si les gusta, claro, pueden tratar con Mi cuerpo es una celda y conocer casi de frente a aquel loco colombiano que antepuso la literatura y el cine a la insoportable realidad, al escritor suicida que solo consiguió el anhelado objetivo de morir en su tercer intento; aunque sospecho que quería algo más que eso: quedar, trascender, que después de más de treinta años se siga hablando de él, que un escritor reconocido como Alberto Fuguet se vuelva su fan obsesivo, o que algún estudiante de literatura lea sus libros y que hable sobre ellos, que los quiera dar a conocer. Imagino que en las afiebradas noches que pasó en la clínica psiquiátrica de Bogotá, toda esta vorágine de deseos atravesó su mente como una alucinación, sin pensar que todas estas pretensiones desorbitantes se harían realidad algún día. Quizá por eso lo leo, porque leer y conocer a Caicedo es darse cuenta de que los demonios y los deseos más imposibles están al alcance, que se pueden realizar. Everything is posible.

Lima, 28 de marzo del 2010

2 comentarios:

  1. manuel11/4/10

    cosas de la vida, que no solo te marcan sino que llegan a definirte. Buena Eduardo.

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  2. Anónimo24/5/10

    "estoy vencido porque el mundo me hizo así, no puedo cambiar..."

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